Los 101 kilómetros peregrinos de Rubén Pardo.

a4876a66d7ead81137a58fd08af35e9f¿Cómo empezó todo?, se preguntará mas de uno. ¿En qué momento se te ocurre apuntarte a una carrera como ésta?, me preguntan otros. ¿Por qué tantos kilómetros? ¿No te llega con salir a correr una horita como todo el mundo y para casa?, me dicen otros.

Como algunos saben, hace aproximadamente un año me estrené en la larga distancia, realizando el Ironman de Lanzarote. El segmento más duro fue la maratón, dado que los últimos 10 kms los hice prácticamente andando, con un parcial de 5h35m. Siendo mi primera maratón, tras realizar 180 kms en bici y casi 4 kms nadando… ¡ni tan mal!

Acabada la temporada pasada, por octubre de 2013, empecé a planificar la temporada actual, y por supuesto, quería repetir la distancia Ironman. Mejorar mi resistencia mental y muscular en la carrera a pie era totalmente necesario. Por eso decidí participar en mi primer ultra-trail, en Ponferrada, una prueba de 101 kilómetros de distancia y 7.200 metros de desnivel. Así me obligaría a sumar más kilómetros de carrera a pie durante esta temporada.

            3 de Mayo de 2014, 9:00 de la mañana, estadio del Toralín, Ponferrada, (León): En la pista de atletismo, más de 1.800 “bikers” y casi 300 “runners”. Todos dispuestos a atacar los fuertes desniveles del camino de Santiago de Invierno, que pasa por estos montes. Conmigo, mi equipo personal de avituallamiento, que ya hubiese querido tener el ganador de la prueba, mis padres, Juan y Marilay, mi hermano Juanjo, Ana, su novia y Justo, un compañero de trabajo de mi padre, quién además de conocer la zona perfectamente, me metió en la mochila un Iphone, a modo de dispositivo de seguimiento para esperarme en los avituallamientos.

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            Allí me encontraba yo, en la línea de salida, bien desayunado, apertrechado con mi mochila, un cinturón porta-bidones con bebida y comida como para una boda, ya preparado para tomar la salida.

            286 corredores tomamos la salida.  La mayoría con el objetivo de finalizar la prueba, mejorando la marca del año anterior o como estreno en la distancia, como era mi caso. Exceptuando esos “súperhombres” que salen fuertes a batir el récord de la prueba, que viven de ésto y para ésto, la mayoría salimos a un ritmo bastante lento, dado que en estas pruebas siempre hay que ir guardando para lo que pueda venir después. Hay quién lo hace en grupo, en pareja, o como en mi caso, en solitario, con mi mente y en mi mundo. En carreras de este tipo, siempre vas conociendo gente según pasan los kilómetros.

            Mi plan era afrontar las subidas caminando, y correr en los llanos y las bajadas, pero en las primeras rampas, que eran bastante suaves, cargado de energía, el cuerpo me pedía ir, al menos, trotando. Así fui cogiendo sensaciones. Durante los primeros kilómetros pasamos por varios pueblos, dónde los lugareños nos saludaban mientras nos daban ánimos. El ambiente era inmejorable. Hacía muy buena temperatura, y dado que llevaba munición de sobra, me salté los primeros avituallamientos, muy saturados de ciclistas y corredores.

            Serpenteando caminos, pueblos y carreteras, cogimos algo de asfalto llegando a las Médulas, dónde me esperaba mi equipo personal. Allí me nutrí de Red Bulls y nueces. Me tuve que dar un poco más de crema solar porque el sol empezaba a picar. Tras 6 minutos disfrutando de la compañía de mi equipo, me lancé hacia Las Médulas, y después de caminar por un par de rampas intercambiando opiniones y vivencias de carreras pasadas, llegamos a una bajada bastante técnica. Allí nos separamos, y yo, que me encontraba genial, me lancé hacia abajo disfrutando, como una cabra  montesa, hasta que me encontré con un pobrea biker con la rueda delantera doblada por la mitad. Tras preguntarle si estaba bien, continué mi marcha, y allí le dejé acompañado de un chico de la zona, mientras esperaban asistencia.

            El sol empezó a hacer estragos pronto. Por fín llegué a un avituallamiento dónde corredores y ciclistas descansaban bajo la sombra de un árbol. Yo prefería no sentarme, porque luego cuesta más reiniciar la marcha. Me bebí tranquilamente un Aquarius y me comí un croissant de chocolate, cogiendo otro para el camino. Cuando me quise dar cuenta ya llevábamos 42 kilómetros, y mi reloj marcaba 5 horas y 27 minutos. ¡Mejor marca que en Lanzarote!, y eso que allí era llano.

            Todo iba según lo planeado. Caminaba cuesta arriba y corría en el llano y cuesta abajo, pero poco antes de llegar al pueblo Puente de Domingo Flórez, algo le pasó a mi pie. Desde el comienzo del dedo, un pinchazo me recorría todo el pie hasta el tobillo, y no me permitía ni trotar. Veía las estrellas al bajar, y sin hacerle mucho caso llegué a mitad de carrera, dónde me esperaba mi equipo. Estuve cerca de 25 minutos con ellos. De nuevo crema, compartir buenas sensaciones, cambio de camiseta y un sandwich de jamón listo, aunque no me entraba nada.

            SAN PEDRO DE “TRONOS”. Nos enfrentamos a las rampas de mayor desnivel. A las 14:30 horas hacía un bochorno increíble. Mojaba mi gorra con agua, y antes de ponérmela en la cabeza ya estaba seca. Cadáveres andantes subíamos las cuestas a duras penas, bebiendo agua a sorbos para no deshidratarnos. Poco a poco fuímos adelantando a ciclistas escondidos bajo altas zarzas, al cobijo de su sombra, apajarados con la bicicleta a sus pies. En esta subida, entablé por primera vez una larga conversación con otro participante. A ambos nos iba bien para evadir la mente y evitar pensamientos negativos, y dejar de pensar en los 39 grados de temperatura. Llegamos al avituallamiento, un oasis en el desierto. No quería pararme mucho tiempo, así que bebí un Aquarius, comí medio sándwich y una naranja, y cuesta abajo en solitario. Mi compañero de andanzas se quedó sentado un rato, estirando. Me despedí de él esperando no volver a encontrarnos, aunque le dije “nos vemos más adelante”, pensando en el pie, que no me había dado problemas subiendo, pero temía lo peor en la bajada mas técnica del recorrido.

            Como era de esperar, así fue. Me tocó bajar caminando, un poco enfadado y frustrado. Nunca tuve problemas durante los entrenamientos. De hecho, para ser un total novato, diría que se me estaba dando bastante bien, pero ya no podía disfrutar de los saltos, ni de las piedras, ni de la velocidad del aire en mi cara durante los descensos, pero al menos podía caminar sin dolor. En el siguiente “pit stop” me esperaban de nuevo mis padres junto a Justo, y un señor que ofrecía “cuturrus”, aunque sólo los más valientes se lo tomaron. A mí no me gusta hacer pruebas en las carreras, porque el estómago te puede jugar una mala pasada, pero con ganas me quedé de haber echado una cervecita. Me apliqué en el pie descalzo el hielo del Red Bull que tenía preparado. Repuesto de calcetines, un poco de vaselina en los pies, carretera y… ¡AL TORO! Me esperaban 17 kilómetros de subida con una pequeña bajada intermedia en Yeres

            Subiendo me encuentraba fortísimo. No dejaba de encontrar gente, y mentiría si digo que no me motiva adelantar a esos ciclistas que tanto sufren cuesta arriba jalando de su bicicleta. Una por otra, porque luego te vuelven a adelantar cuesta abajo, mientras van descansando.

            Al llegar a Yeres, kilómetro 63, otra parada técnica con el “Rubens Team”, sabiendo que por la última bajada ya no podría correr más. Una pena, pero fue una gran alegría ver allí a los que me quieren y me siguen allá dónde voy. Durante esa parada, mientras repostaba, escuché a dos chicos quejarse de unas ampollas en sus pies. Saqué de mi mochila dos compeed, deseando no tener que usarlos más tarde. Un milagro para los caminantes. Agradecidos, iniciaron su marcha, y pasados unos kilómetros coincidí con ello en mitad de unas duras rampas. Me dijeron que iban bien y juntos los 3 continúamos la aventura, camino al mirador del Orellán.

Con unas vistas preciosas de fondo, nos enfrentamos a una gran bajada y, de nuevo, el calvario para mi pie. No sabía cómo colocarlo para que me doliese menos y poder ir algo mas rápido. Raúl y Javier me preguntaban si trotábamos un rato. Lo intenté, pero no podía. Me tuve que parar. Al verme, Raúl me ofreció un espidifen. Aseguro que a partir de ahora nunca jamás haré otra ultratrail sin un sobre de éstos. Gracias a ello pude volver a correr dos o tres horas mientras la noche se nos echaba encima.

            Una vez la luna relevó al sol, nos pusimos el frontal, y paso a paso, kilómetro a kilómetro, nos acercamos a la meta, coincidiendo con el “Rubens Team”, por última vez, en el precioso e imponente Castillo de Cornatel. Desde aquí, unos 15 kilómetros, los peores y más largos. Tuve que recorrerlos caminando con mi compañero de andanzas, Javier, dado que Raúl, que iba un poco más fuerte, hizo marcha. Todos queríamos acabar cuánto antes ese “infierno verde”.

            Por fin vimos por primera vez las luces de Ponferrada. Parecía que nos estábamos acercando, pero era un efecto óptico. Lo cierto es que estábamos más lejos de lo que creíamos. La mente quería empezar a fallar. Piensas en las rozaduras, en la dureza de la prueba, la cantidad de kilómetros, la lesión del pie. La cabeza jugaba conmigo. Aún así me mantuve fuerte, llevando los pensamientos negativos a otro lugar. Sé que puedo ganar la batalla mental. Ya lo he hecho más veces, pero después de 16 horas cada vez cuesta más.

            Nos alegramos muchísimo de llegar a Ponferrada. El Polar marcaba 100 kilómetros y ya podíamos ver el castillo. Nos quedarían unos 10 minutos aproximadamente. Enfilamos el último trecho por el paseo del río, imaginando la entrada a meta. Cruzamos la ciudad, puente tras puente, y el reloj marcaba 101, 102… ¡El 101 ya está hecho, me voy a casa! Seguí caminando hasta llegar a la otra punta de Ponferrada. Todos los edificios nos parecían el pabellón del Toralín. Finalmente, a lo lejos, veo a una mujer con una bandera de España. Era mi madre, esperándome, siempre ahí para mí. Se unió a mi carrera. Última curva y ahí estaba la ansiada meta. Aún me quedaba una última cosa por hacer, ya que era el dia de la madre. Juanjo y yo le dedicamos la carrera con una pancarta de felicitaciones, y entramos los 3 juntos en meta.

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            FELICIDAD. Me sentí en una nube, sin saber si gritar, reír… ¡Ya está hecho! Conseguido. Un reto más para el bolsillo, una aventura más para contar. Ahí estaba mi padre echándome fotos, y yo con mil sensaciones en la mente, junto al reloj: 17 horas y 44 minutos de aventura, de risas, de sufrimiento, y haciendo lo que más me gusta, CORRER.

Agradecimientos: A todos los que os habéis molestado en leer esta historia. Hay días que 17 horas dan para mucho y otros que pasan volando sin nada que decir. A todo MI EQUIPO, que me siguió por el monte durante muchas horas e hicieron que la carrera fuese mucho más llevadera.

            Si me preguntáis si volveré, os diré que no lo sé. He disfrutado mucho por el monte y ésto engancha.  Os animo, en mayor o en menor medida, a que os pongáis las zapatillas y echéis a correr. Todo es empezar. Por cierto, ya estoy prácticamente recuperado. No tengo nada en el pie izquierdo, aparte de una pequeña inflamación, y ya tengo ganas de la próxima carrera. Me enfrentaré a mis orígenes, otro Ironman. Esta vez en Vitoria, dentro de 72 días.

Rubén Pardo Álvarez, triatleta del Bodegas Monte la Reina Triatlón Zamora.

Lema

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